En Ucrania se acabaron las naranjas

¿Se acuerda alguien de la «revolución naranja»? Ah, pues fue una de las tantas maniobras por las que, en países del entorno ex soviético, se catapultó al poder a políticos agradables al paladar de EE.UU. y la Unión Europea.

La anaranjada (sí, porque hubo «revolución rosa», y de otros colores y sustancias) ocurrió en Ucrania, en 2004, cuando el candidato de Occidente, el opositor Víctor Yuschenko, del partido Nuestra Ucrania, se impuso al primer ministro Víctor Yanukóvich, en la batalla por la presidencia. Las presiones dieron fruto.

Yuschenko, economista de profesión, se presentaba como el líder más potable para acabar con la pobreza y la corrupción. Tenía los avales exteriores, le caía bien al FMI —que en 2008 le alargó un préstamo de 16 000 millones de dólares— y le encantaba ponerle mala cara a Rusia.


En este punto, cabe recordar que, cuando en agosto de 2008 Georgia agredió a la república autónoma de Osetia del Sur y recibió el contragolpe armado ruso, el ucraniano voló a Tiflis, la capital georgiana, a mostrarle el puño a Moscú. Asimismo, se desvivió por lograr que Ucrania fuera admitida en la OTAN, aunque infructuosamente. Era, parodiando el título de un filme, «Nuestro hombre en Kíev».

Pero no era, al parecer, el «hombre» de los ucranianos, pues seis años después de que le colocaran los laureles, terminó con un cinco por ciento de votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de enero.

Vergonzoso, ¿no? ¿Y la corrupción? ¡Bien, gracias! En 2005, a pocos días de iniciado su mandato, un diario local publicaba las listas de compras de un hijo suyo, el «príncipe» Andréi: Una botella de champán, mil dólares; un teléfono celular, 43 000 dólares; un auto BMW, 162 000 dólares, y así (al parecer la familia tenía una curiosa manera de combatir la pobreza… propia).

Estas anécdotas eran conocidas por el público. De modo que nadie se extrañó de que quedara eliminado y de que la segunda vuelta electoral, celebrada el pasado domingo, fuera entre el otrora perdedor Yanukóvich, del Partido de las Regiones, y su rival Yulia Timochenko, cuya formación tiene el singular nombre de «Bloque de Yulia Timoshenko».

Esta política, que muy bien se hizo querer por EE.UU. y la UE —durante la «revolución» de 2004 fue llamada la «Juana de Arco» ucraniana— posee un perfil de exitosa empresaria importadora de gas ruso, y una fortuna que no le va a la zaga. Fue investigada por corrupción, despedida de altos cargos, arrestada, liberada… Una promesa, lo que se dice. Pero su apetito de poder la llevó, como Primera Ministra, a irse a los moños varias veces con su ex aliado Yuschenko, y a río revuelto…

Entonces, ¿qué trae la marea? Pues al mismo Yanukóvich que fue desplazado en 2004. Proveniente del oriente del país (la mayoría de sus votos los cosechó allí), de pobre origen (quedó huérfano muy temprano y confesó haber pasado hambre) es más proclive a mantener buenos lazos con Moscú. De él se espera que lidie con la crisis que los «mesías» de la prosperidad no lograron o no quisieron superar, como que un tercio de los 46 millones de ucranianos permanezca bajo la línea de pobreza ¡en un país que fabrica tecnología espacial!, y en cuyas arcas está escaseando el dinero para pagar salarios y pensiones —ya que menciono el tema, ¿alguien sabe qué pasó con el dinerito del FMI?—.

Mejor ni preguntar… Por lo pronto, enterémonos de que la UE le ha dado el visto bueno al resultado de los comicios, por boca de su recién estrenada Alta Representante de Política Exterior, Catherine Ashton, y que así, las amenazas de Timoshenko de armar la gorda quedarán en eso: en palabras.

Se acabaron las naranjas, Yulia…

Luis Luque Álvarez

Extraído de Juventud Rebelde.

~ por LaBanderaNegra en febrero 9, 2010.

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