Europa en crisis

Al inicio de la pasada década, en marzo de 2000, los jefes de Estado de la Unión Europea anunciaron la Estrategia de Lisboa. Su objetivo para 2010 era convertir a Europa en una “economía más competitiva y dinámica basada en el conocimiento, capaz de un desarrollo económico sostenible con más y mejores empleos y una mayor cohesión social”. Esto crearía “las condiciones para el pleno empleo y el fortalecimiento de la cohesión regional en la Unión Europea”.

Cuando empieza la segunda década del siglo XXI, las aspiraciones expuestas en la capital portuguesa se han desvanecido. En vez de pleno empleo el paro generalizado se ha apoderado de ella; en vez de crecimiento económico hay estancamiento; en vez de cohesión hay discordia. Incluso la moneda común, la base de los nobles planes de Lisboa, está en grave peligro.

La Estrategia de Lisboa era la expresión de que Europa, por medio de la ampliación de la Unión Europea y de una integración más profunda, podría alcanzar o incluso superar a Estados Unidos como principal potencia. Esto habría sucedido únicamente a consecuencia de un poder económico de una Europa unida, sin tensiones sociales ni conflictos políticos y militares en un periodo anterior.


Estas ilusiones encontraron su expresión más clara en el discurso del entonces ministro alemán de Asuntos Exteriores Joschka Fischer (Los Verdes) pronunciado en mayo de 2000 en la Universidad Humboldt de Berlín. Fischer pidió la transformación de la Unión Europea en una alianza abierta de Estados en una federación.

Por medio de la “estrecha integración de sus intereses vitales y la transferencia de los derechos de soberanía nacional a instituciones europeas supranacionales”, afirmó Fischer, los Estados europeos señalarían su rechazo de los conflictos nacionales que desgarraron el continente antes de 1945. Sólo de esta manera Europa sería capaz de “desempeñar el papel que le corresponde en la economía global y la competición política”.

Desde entonces, la idea de Fischer de que Europa podría organizarse armoniosamente sobre una base capitalista ha demostrado ser una quimera. En París y especialmente en Londres su propuesta se interpretó como un intento de subyugar a Europa a los dictados de Berlín. La ampliación de la Unión Europea a la Europa del este ha resultado ser un arma de doble filo. No sólo ha traído la expansión del mercado internacional sino también conflictos políticos e inestabilidad.

En 2003 Estados Unidos atacó a Iraq, lo que dividió a Europa. Mientras que los gobiernos británico y polaco apoyaron plenamente la guerra, el alemán y francés se opusieron. La administración estadounidense utilizó el conflicto para abrir una brecha entre la “vieja” y “nueva” Europa.

La Constitución Europea, que quedó de la idea de Fischer, fracasó en 2005 a manos de los votantes franceses y alemanes, quienes la interpretaron correctamente como un intento de subordinar al pueblo de Europa a los dictados de los intereses financieros y económicos de los más poderosos. Tras un tira y afloja diplomático y político que duró varios años, el marco básico de la Constitución Europea se hizo realidad en la forma del Tratado de Lisboa. Pero para entonces Berlín y París había perdido todo el interés. Esto quedó demostrado con el nombramiento de dos figuras secundarias sin autoridad alguna para dos puestos clave, el de presidente del Consejo y el de ministro europeo de Asuntos Exteriores.

Con la llegada al poder de Nicolas Sarkozy y Angela Merkel, Francia y Alemania habían vuelto otra vez a una política exterior más independiente fuertemente centrada en Estados Unidos. En 2005 el Canciller alemán Gerhard Schröder (Partido Socialdemocráta) había dejado el poder prematuramente, entre otras cosas debido a que la orientación de su política exterior hacia Rusia había llevado a su creciente aislamiento. Pero no se ha cumplido la esperanza de que Washington respondiera con una mayor preocupación por los intereses europeos, ni siquiera tras el cambio del presidente George W. Bush por Barack Obama.

Ahora la crisis financiera y económica internacional ha sacado a la superficie todas las contradicciones no resueltas de la política interna y externa de Europa. En el conflicto entre Estados Unidos y China, que domina cada vez más el escenario mundial, Europa está siendo empujada al límite y dividida.

A los gobiernos alemán y francés les amarga que Washington decidiera una expansión generalizada de la guerra en Afganistán sin consultar antes a sus aliados de la OTAN. Por otra parte, no quieren dejar esta región tan importante estratégicamente únicamente bajo influencia de Estados Unidos; por otra, temen que ellos podrían convertirse en meros agentes de Estados Unidos en una guerra que cada vez se intensifica más. El fracaso de la Conferencia sobre el Cambio Climático de Copenhague, del que Europa culpa a los gobiernos chino y estadounidense, ha causado más ira aún.

La crisis económica ha dejado al descubierto la inherente debilidad de la economía europea. Los descomunales déficits presupuestarios de Grecia, Italia, Irlanda, Italia, Portugal y España amenazan con romper el respaldo del euro. Hasta ahora la moneda común ha impedido una devaluación generalizada acompañada de un aumento de la inflación, pero el alto valor del euro, unido al alza de las tasas de interés hace imposible para los países de la Eurozona superar la crisis sobre la base del libre mercado. Bruselas ha respondido pidiendo cortes draconianos en los gastos del gobierno, particularmente en el sector social.

Gran Bretaña, que no es miembro de la Eurozona, se está convirtiendo en el enfermo de Europa. Su economía depende fuertemente del sector financiero. En los últimos diez años el número de trabajos industriales en Reino Unido ha descendido un 30%. El descenso en Alemania y Francia durante el mismo periodo fue de menos del 5% y 10% respectivamente. Para rescatar al sector financiero del colapso el gobierno británico se ha endeudado a gran escala. El valor de la libra ha descendido en consecuencia. Otra crisis de la banca suscitaría rápidamente el fantasma de que Gran Bretaña no puede pagar su deuda soberana.

Para Alemania y en menor medida para Francia, su relativa fuerza económica ha resultado ser su talón de Aquiles. La producción industrial en Alemania, como un porcentaje de su producto nacional bruto, es más de dos veces la de Estados Unidos. La relativa fortaleza de la producción industrial alemana está estrechamente relacionada con un incremento masivo de las exportaciones alemanas. En los últimos veinte años la producción alemana para la exportación ha aumentado del 20% al 47% del producto interior bruto. Incluso las exportaciones de China corresponden sólo al 36% de su producto interior bruto.

Esta enorme dependencia de sus exportaciones industriales ha hecho a Alemania excepcionalmente vulnerable al impacto de la crisis económica internacional. El año pasado el rendimiento económico bajó un 5.3%. La producción de ingeniería está actualmente a sólo un 70% de su capacidad y las perspectivas de una mejora son muy débiles.

La exportación industrial alemana está bajo una enorme presión por parte tanto de Estados Unidos como de China. Estados Unidos ha explotado el bajo precio del dólar y sus bajos niveles de salarios, establecidos con fuerza bruta como parte de la reorganización de la industria del automóvil estadounidense, para ganar una ventaja competitiva frente a sus competidores europeos. A este respecto es simbólico el desplazamiento parcial de la producción del Mercedes S-Class de Alemania a Estados Unidos. China, por su parte, está presionando en sectores del mercado que antes eran dominio exclusivo de los alemanes debido sus altos niveles de calidad.

Las elites europeas y alemanas están reaccionando como lo hicieron a principios del siglo pasado ante los problemas y contradicciones cada vez mayores: con ataques sociales y políticos a la clase trabajadora y con un militarismo cada vez mayor.

Muchos gobiernos parecen paralizados dados los cada vez mayores problemas de política exterior y conflictos internos. El gobierno cristiano demócrata- democracia liberal de Berlín ha sucumbido a peleas internas desde que llegó al poder en noviembre. La canciller Merkel ha sido acusada desde todas partes de falta de determinación y de liderazgo débil. Pero entre bastidores hay una intensa búsqueda de nuevos mecanismos de dominio para facilitar el desvío de las consecuencias de la crisis económica hacia la clase trabajadora ya que los métodos del compromiso social están más que agotados.

En este contexto es donde se está intensificando el actual ataque contra los derechos democráticos, en parte fomentando los miedos al terrorismo e intensificando el resentimiento hacia los musulmanes. Al frente de estos esfuerzos reaccionarios están el socialdemócrata alemán Thilo Sarrazin y el ex-político del Partido Socialista y actual ministro de emigración francés Eric Besson. Estos círculos han seguido atentamente y con todas simpatía el referéndum suizo contra la construcción de minaretes. Estas medidas representan un intento de desviar la atención de las cuestiones de clase y de movilizar a abogados de derecha de la clase media para lanzarlos en determinado momento contra la clase trabajadora.

El pueblo trabajador debe sacar sus propias conclusiones del fracaso de los planes de la burguesía europea. Los trabajadores europeos deben unirse para defender sus propios intereses sociales u políticos. Deben luchar por una Europa socialista bajo la bandera de los Estados Unidos Socialistas de Europa.

Peter Schwarz

Traducido por Beatriz Morales Bastos, extraído de Rebelión.

~ por LaBanderaNegra en enero 19, 2010.

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