El águila sobrevuela España

Medio siglo de relaciones entre España y Estados Unidos

La reciente entrevista en la Casa Blanca entre los presidentes Obama y Zapatero ha sido interpretada como el final definitivo de un desencuentro abierto en 2004 por la retirada de las tropas españolas de Irak. LA OPINIÓN pasa revista a los altibajos del más de medio siglo de alianza entre España y Estados Unidos, que se abrió con los acuerdos de 1953, firmados por la necesidad de Washington de tener bases militares en territorio español ante la amenaza soviética. El ingreso en la OTAN y la UE permitió al ejecutivo de Felipe González normalizar las relaciones. Aznar buscó con Bush un atajo para figurar entre las potencias, pero fracasó. Ahora llega Zapatero… y Obama

Si nos tomásemos en serio los comentarios más extendidos, las relaciones entre España y Estados Unidos a lo largo del último medio siglo podrían condensarse en una serie de fotografías, desde la que plasma la entrevista del pasado día 13 entre Obama y Zapatero en la Casa Blanca hasta el abrazo satisfecho del general Franco al presidente Eisenhower, en Madrid en 1959.

Entre ambas, otras instantáneas inolvidables, como el espectacular baño de Fraga en Palomares en 1966 o la no menos llamativa presencia de los zapatos de Aznar y Bush, en 2002, sobre la mesa que compartían en Canadá con un Chirac de mirada reservada al que su acrisolada educación impedía levantar los pies del suelo.


Sin embargo, más allá del píxel y el celuloide, la realidad es que España y EEUU han mantenido desde el final de la II Guerra Mundial una compleja relación que, en buena parte, ha estado vertebrada por los acuerdos militares de 1953. Unos pactos, en gran medida secretos, que garantizaron la consolidación del franquismo e hicieron posible la ruptura de su aislamiento internacional, a la vez que creaban las condiciones para que arrancase el proceso de desarrollo económico español tras la catástrofe de la Guerra Civil.

Hasta la II Guerra Mundial, las relaciones bilaterales habían seguido un camino de indiferencia, teñida de recelos y marcada por el engrandecimiento de EEUU y el paralelo declive de una España que recibió su puntilla como gran potencia cuando Washington le arrebató, en una guerra dispareja, Cuba y Filipinas, sus últimas colonias.

El desastre del 98 no sólo conmocionó las conciencias, sino que orientó a España hacia la neutralidad y limitó su maltrecho ímpetu militar a la pacificación de la exigua franja de Marruecos que Francia, en busca de aliados, le asignó en 1902. La tarea se demostró ímproba y no fue concluida hasta 1927.

Adiós a la neutralidad

El triunfo de la revuelta militar encabezada por el general Franco dio al traste con esta neutralidad y alineó a España con la Alemania nazi y la Italia fascista en la II Guerra Mundial. Ambas potencias habían sido el principal sostén de los rebeldes, mientras que Reino Unido y EEUU, que tampoco los miraban con malos ojos, alentaban la farsa de la No Intervención y dejaban a la II República en manos de la URSS.

Sin embargo, llegado el momento de negociar con Hitler una entrada en guerra, las pretensiones de la España franquista arrasada fueron excesivas para el Führer y el apoyo de Madrid se limitó a permitir usar bases navales y áreas, a suministrar materias primas y a enviar a la División Azul contra la URSS.

Franco moderó su fervor por el Eje ya en 1942, cuando los vientos comenzaron a soplar contra Hitler, pero eso no le evitó quedar aislado tras la victoria aliada. Cierto es que los aliados, temiendo que España cayera en manos comunistas, optaron por no derribar al franquismo, que, sin embargo, quedó al margen de la ayuda económica del Plan Marshall. La entrada en la ONU le fue denegada en 1946, año en el que la mayoría de los embajadores abandonaron Madrid. La medida provocó una concentración en la plaza de Oriente al castizo grito de “Si ellos tienen UNO, nosotros tenemos DOS”, alusión genital a las siglas de Naciones Unidas en inglés.

Y en eso EEUU movió pieza. Una pieza decisiva, porque si fue Hitler quien alzó a Franco al poder, fue Washington quien le ancló en él durante tres décadas más, hasta su muerte en 1975. Ya en 1945, EEUU, consciente de la importante situación geoestratégica de la península Ibérica, vio la necesidad de disponer de bases navales y aéreas en España, pese a la oposición de Londres y París a contar con Franco como aliado.

La guerra fría decide

A medida que la URSS fue imponiendo regímenes comunistas en Europa Oriental, la guerra fría fue cobrando forma y el punto de vista de EEUU, que había dejado de presionar al régimen en 1948 para limitarse a recomendarle una liberalización económica, fue abriéndose paso. El triunfo de Mao en China (1949) y el inicio de la guerra de Corea (1950-53) diluyeron las últimas dudas.

Los acuerdos militares de 1953, magníficamente estudiados por Ángel Viñas, permitieron la instalación de bases militares estadounidenses en Torrejón de Ardoz, Zaragoza, Morón y Rota. A cambio, empezó a resquebrajarse el aislamiento internacional del franquismo y comenzó a llegar una ayuda económica que fue el preámbulo del despegue de la década de 1960, dirigido por economistas formados en Estados Unidos y alentado en muy primer lugar por capitales estadounidenses.

España entró en la ONU en 1956, aunque el rechazo de Reino Unido le mantuvo cerrada la puerta de la OTAN. En 1959 ingresó en los principales foros financieros y económicos multinacionales: el FMI, el Banco Mundial y la OCDE. La nueva amistad quedó sellada con la visita ese año a Madrid del presidente Eisenhower, que permitió exclamar al siempre reservado Franco: “Ahora sí que puedo decir que he ganado la guerra”. Nixon, en 1970, y Gerald Ford, en 1975, también rindieron pleitesía al dictador.

Los pactos con EEUU, renegociados media docena de veces, carecen de precedentes en la Historia de España. No sólo por su duración, que es ya de 56 años, sino por la cesión de soberanía que implicaron, al menos hasta la entrada de España en la OTAN, ya que la presencia de soldados extranjeros en territorio nacional se admitió sin que mediase una alianza militar o se estableciese un compromiso de defensa mutua.

Además, dada la premura franquista en encontrar un salvavidas, los acuerdos fueron un cheque en blanco y, en la práctica, las actividades militares de EEUU en España, incluidas las nucleares, carecieron de cualquier control, como denunció en 1976 el ministro de Asuntos Exteriores, José María de Areilza.

Precisamente, será la voluntad española de ir poniendo coto a esta carta blanca, a la vez que se incrementaban las exigencias económicas y de seguridad, la que marcará los altibajos en las relaciones bilaterales hasta la década de 1980. Frente a esta actitud de Madrid, la estrategia de EEUU se basará en el mantenimiento de los grandes privilegios conseguidos en los momentos de asfixia del franquismo: no reducir el número de instalaciones ni sus posibilidades de uso, no dar garantías de apoyo militar a España -obsesionada por un conflicto con Marruecos, aliado también de Washington- y no aceptar limitaciones en el ámbito de las armas nucleares.

Nuclearización sin límites

La partida fue ganada, durante el franquismo y los primeros compases de la transición, por Washington, que no sólo se mantuvo como el principal socio económico de España hasta el ingreso de ésta en la actual UE (1986), sino que, desde 1958, nuclearizó sin límites el territorio español e hizo de la naval de Rota una de sus tres grandes bases estratégicas en el exterior.

El incidente de Palomares -desencadenado en 1966 cuando EEUU perdió a la altura de esa localidad almeriense un bombardero cargado de armas nucleares- causó escándalo en el exterior y permitió a Fraga hacerse una impagable foto en bañador junto al embajador de EEUU. Pero también puso de manifiesto el precio pagado por el franquismo para bailar en sociedad.

Washington, y en esto se diferenció de las principales potencias europeas, apoyó hasta el final la dictadura y desconfió seriamente de las posibilidades democráticas de España, aunque los acontecimientos acabaron haciéndole ver la conveniencia de respaldar la transición.

Ya muerto Franco, los primeros pasos de la diplomacia española estuvieron marcados por las veleidades neutralistas de Adolfo Suárez -que se convirtió en el primer dirigente occidental en visitar Cuba y recibió al palestino Yaser Arafat con honores de jefe de Estado- y por la voluntad de equilibrar una relación con EEUU que incluso sectores del Ejército consideraban hiriente. Sirva de ejemplo el general Gutiérrez Mellado, negociador en 1975, quien se fijó como primer objetivo evitar que EEUU tratase a los españoles “como cipayos”.

La muerte de Franco

Tras la muerte del dictador, que había encontrado en los pactos militares de 1953 la salvación de su dictadura, la joven democracia española regularizó sus relaciones internacionales y abordó la redefinición de sus vínculos con EEUU. Washington, que había obtenido un cheque en blanco para sus actividades militares, pensaba en España en términos más geoestratégicos que políticos. Pesimista sobre un futuro democrático para el país, temía una desestabilización que le hiciera perder una pieza importante en el tablero de la guerra fría. De ahí que hubieran de pasar varios años hasta que, anclado ya el país en la OTAN y en la Comunidad Europea -y eliminado el miedo al PCE tras su fracaso en las urnas-, accediese a una profunda revisión del estatuto bilateral.

La transformación de las relaciones corrió a cargo, primero, del centrista Calvo-Sotelo y, luego, del socialista Felipe González. Pese a haber integrado aceleradamente a España en la Alianza Atlántica tras el 23-F, la debilidad política de Calvo-Sotelo, acechado por las amenazas golpistas y líder de una UCD en descomposición, no le permitió llevar a buen puerto su dura posición negociadora inicial. De hecho, los pactos, que tenían rango de tratado desde 1976, volvieron a denominarse acuerdos como durante el franquismo. Los negociadores estadounidenses no ocultaron su satisfacción.

La situación cambió tras la llegada de los socialistas al poder. Toda la izquierda española se había opuesto a la entrada en la Alianza, aunque el PSOE lo hizo con la boca pequeña y el ambiguo “OTAN, de entrada no”. El PSOE prometió un referéndum sobre la salida y luego lo transformó en una consulta en defensa de la permanencia, alejándose de sus anteriores postulados neutralistas. Cosa distinta eran los pactos con EEUU, que los socialistas querían reformular a fondo, aunque el descrédito generado por el referéndum hiciese ver como operación cosmética lo que, en realidad, fue un ajuste duro que generó serias tensiones bilaterales.

Mientras que los norteamericanos defendían los pactos como una cooperación a la defensa occidental contra el bloque comunista, el Gobierno socialista denunciaba su componente político de sostén de la dictadura y golpe mortal a las esperanzas de democratización. Así lo expresó González en 1985 en Washington, enfadando al secretario de Estado de Reagan, George Schultz, con quien mantuvo un tenso mano a mano en el que llegó a amenazarle con estudiar las condiciones de salida de España de las tropas del Pentágono.

Madrid pretendía una relación de aliados en igualdad, con una reducción no cosmética de tropas y con un control efectivo de las actividades estadounidenses, además de una separación clara entre las relaciones militares y los vínculos económicos, científicos o culturales.

Este último aspecto fue capital en el curso de la negociación, ya que descolocó a los estadounidenses, para los que bases y ayuda económica formaban un binomio indisoluble. De hecho, en otro tenso mano a mano con Schultz, González respondió con un órdago a una oferta de créditos para armamento, al rechazarla y mostrarse dispuesto a que fuese España quien prestase dinero a EEUU. El resultado más visible de los nuevos pactos, vigentes desde 1988, aunque enmendados por Aznar en 2002, fue la desaparición de las bases de Torrejón y Zaragoza.

Felipe, “agudo y brillante”

La dura negociación se produjo, sin embargo, en un marco de mutua simpatía personal entre el viejo halcón Reagan y el joven socialdemócrata Felipe González. En sus diarios, Reagan habla con admiración de González, con quien se vio por primera vez en Washington en junio de 1983: “Es agudo, brillante, con personalidad, joven, moderado y pragmático socialista”, proclama.

El siguiente encuentro de Reagan con González fue en 1985 durante su visita a España. “Funcionamos bien. Le conté todo sobre Nicaragua. Creo que no se dejará dominar por Ortega (Daniel Ortega, presidente sandinista), que le va a visitar después de su viaje a Moscú. Cuando acabamos la reunión, ya éramos Felipe y Ron”.

Pactada la nueva relación con EEUU, se daban las condiciones para una activa alineación de España con sus posiciones geopolíticas. Así, González secundó, al igual que la mayoría de sus socios europeos, la política de Nuevo Orden Mundial formulada por el primer presidente Bush tras la caída del Muro, lo que se plasmó en la modesta participación de España en la guerra del Golfo (1991) y la posterior celebración en Madrid de la Conferencia de Paz sobre Oriente Medio.

El relevo en la Presidencia de EEUU llevó a la Casa Blanca al demócrata Clinton en 1993. Con las relaciones bilaterales reequilibradas, la prensa comenzó a orientar sus miradas hacia la sintonía entre los mandatarios, inaugurando una moda de observación superficial de empatías que lleva hasta el presente.

Empleando este punto de vista, los primeros compases de la relación entre Clinton y González fueron tibios. González, muy volcado en la UE y con su Gobierno a merced de la corrupción y los abusos antiterroristas, no debió de sentirse muy halagado por el despego atribuido a Clinton hacia los políticos que se perpetuaban en el cargo. Él llevaba diez años en la Moncloa y se aprestaba a convocar nuevas elecciones. Clinton, por su parte, abrió su presidencia con el fiasco de la invasión de Somalia -un regalo envenenado de Bush padre- y pronto sufrió el descalabro de las legislativas de mitad de mandato y el fracaso de su intento de reforma sanitaria.

No se recuerdan, pues, especiales encuentros ni desencuentros, aunque ambos líderes firmaron sonrientes en Madrid, en 1995, el protocolo de colaboración entre EEUU y la UE conocido como Nueva Agenda Trasatlántica. Otra vez un presidente estadounidense en Madrid, aunque ahora no venía a verse con un dictador, sino con el presidente de la UE.

Un año después llegó al poder Aznar, quien buscó con ahínco la foto con Clinton y la consiguió en 1997, gracias al Rey. A diferencia de González, Aznar carecía de un lugar cómodo en la UE, donde pesos pesados como Chirac o Kohl no ocultaban sus simpatías por su predecesor, quien no sólo representaba el milagro democrático español, sino que, además, se había convertido en un clásico de los consejos europeos. Chirac mismo, en una proverbial indiscreción, llegó a lamentar el destino de España en manos de Aznar.

Las tornas cambiaron por sorpresa con la victoria por sentencia judicial de Bush hijo en 2000. El equipo de neocon encabezado por Cheney tenía mucho en común con José María Aznar: culto al capitalismo, nacionalismo belicoso, percepción sobredimensionada del terrorismo… Los neocon confiaban en el Reino Unido de Blair, en Aznar y en las jóvenes democracias del Este de Europa como respaldo a sus agresivos postulados nacionalistas, reforzados por el 11-S.

En cuanto a Aznar, el ejercicio de la Presidencia europea de la UE en el primer semestre de 2002 le dio la posibilidad de gustar unas mieles que le negaban los viejos leones europeos. El flechazo con Bush se acentuó, dio lugar a la inolvidable foto con los pies encima de la mesa, a la adopción del acento texano en una rueda de prensa, a la foto de las Azores y a la ruptura de las tradicionales alianzas en el seno de la UE. “Estoy cambiando la política exterior española de los últimos 200 años”, le aseguró a Bush días antes de que, desencadenada la guerra de Irak y el cisma entre EEUU, Francia y Alemania, le prometiese que siempre tendría un bigote a su lado.

Convencido de que Clinton sólo había sido un paréntesis en la era unipolar abierta por la caída del Muro de Berlín, Aznar, como Franco ante la II Guerra Mundial, creyó ver un atajo para sentar a España a la mesa de los grandes. Pero, como Franco entonces, se equivocó.

El curso de las cosas -desastre en Irak, 11-M- le costó el Gobierno a su partido y llevó al poder a Zapatero en 2004. La retirada de las tropas de Irak provocó un enfriamiento entre cúpulas que, dado que Bush logró la reelección meses después, abrió un paréntesis de cuatro años sin fotos. Pero no sin relaciones plenas. La alianza bilateral tiene ya más de medio siglo, está normalizada desde finales de la década de 1980 y -la presencia española en Afganistán ha sido la mejor prueba en este tiempo- camina sola aunque las cámaras estén ausentes.

Eugenio Fuentes

Extraído de La Opinión Coruña.(**)

~ por LaBanderaNegra en octubre 30, 2009.

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