Entrevista al analista ex-militar y activista político Antonio Maira

“El Gobierno ha entregado la soberanía económica al Banco Central Europeo, y la política a los EEUU y a la OTAN”

P.- Piensas que se puede decir que España es un país imperialista

Antonio Maira.- Si, lo es en varios sentidos.

El primero es el de la pura obediencia y la complicidad. El gobierno español –tanto los anteriores de Aznar como los dos últimos de Zapatero- asume que la obediencia a los EEUU es la única posibilidad de política internacional. Lo demostró Zapatero, cambiando presencia militar en Iraq, por presencia militar en Afganistán. Estuvo en situación de “pecado mortal” frente a la administración estadounidense hasta que Washington aceptó –a regañadientes, siempre- aquella expresión parcial de autonomía y la vuelta al redil.

El “imperialismo por obediencia” no es nada extraño dentro de un marco político caracterizado por la entrega de la soberanía. En la Unión Europea ocurre lo mismo y tampoco escandaliza a nadie. Todos saben –o suponen- que hay un contexto de intereses económicos comunes que “justifican esa obediencia”. Los políticos europeos admiten sin rubor alguno que no hay más “política exterior común” que la que define la “obediencia a los Estados Unidos”. La obediencia se ha convertido en la condición de la existencia. Puede parecer escandaloso pero es así.


La obediencia continuada crea, además, un hábito; y se convierte en un mecanismo de respuesta automática. Una España obediente, dentro de una Europa obediente, se convierte en una provincia del Imperio.

¿Cuáles son los instrumentos por los que se realiza esa obediencia?

A. M.- Hay un instrumento para codificar y realizar esa obediencia dentro de una estructura supuestamente igualitaria e internacional. Es la OTAN, la organización político-militar permanente que crea doctrina, define conflictos, establece líneas de actuación, orienta la evolución de los aparatos militares, los métodos de coordinación, ejerce una coacción continua contra los países que no se someten a los códigos de obediencia imperial, y pone en contacto a los poderes militares de manera permanente. Es una organización fuertemente jerarquizada, a las órdenes de los EEUU.

La OTAN ejerce una actividad disuasiva-coactiva permanente, como la que realiza ahora mismo con sus maniobras en Georgia.
La OTAN está estructurando la intervención militar en Afganistán, una intervención con una apariencia de legitimidad proporcionada por la ONU pero que se ha salido, evidentemente, del mandato multinacional.

Los ejércitos de la OTAN, codo a codo con el de EEUU, realizan una actividad de apoyo y consolidación del gobierno de Karzai –el que ha surgido de la ocupación-, al mismo tiempo que Washington continua con su operación “Libertad Duradera” que ya no tiene el menor vínculo con su objetivo inicial.

Se trata de una manera de justificar –en el marco proporcionado por unos medios de comunicación que también asumen la obediencia como “condición de existencia” y que tienen un papel fundamental en las guerras del Imperio- la ocupación colonial de un país, y la presión militar sobre su entorno. En el caso de Afganistán la evolución de la guerra está siendo un fracaso catastrófico que ha desestabilizado además ese “entorno inmediato” que los EEUU pretendían controlar. Los propios estrategas del Pentágono hablan abiertamente de un nuevo escenario de guerra en Pakistán, un país nuclearizado que tiene cerca de 200 millones de habitantes.

En el caso de nuestro país, el “imperialismo por obediencia” puede ampliar constantemente los escenarios bélicos. Hablamos, pues, de algo extremadamente grave. Hablamos en la implicación en guerras coloniales, en matanzas necesarias para el establecimiento del imperio, para la realización del “Nuevo siglo norteamericano”.

¿Puedes poner algún ejemplo sobre ese “imperialismo por complicidad y obediencia”?

A. M. Toda la política exterior española está cubierta por ese manto de sumisión; desde la participación ocasional en las reuniones del G-20 en las que Zapatero identifica las propuestas más publicitarias de Obama (regulación del sistema financiero y persecución de los “paraísos fiscales”; por ejemplo) y las convierte en su propio discurso, hasta las reuniones de la UE o de la OTAN.

Hay, sin embargo, varios ejemplos memorables de obediencia continua e incondicional:

Los EEUU aprobaron su doctrina de relaciones internacionales –no modificada por Obama- en plena época Bush. Se llama La Estrategia de Seguridad Nacional de los EEUU. Es un documento fundamental que fija criterios para determinar –al margen de las leyes internacionales- nada menos que cuáles son los “modelos aceptables de organización social”, quienes son los enemigos del orden internacional, cuáles son los delitos perseguibles y las actividades punibles, y, sobre todo, la libertad total con la que Washington ejerce de policía internacional. Es la negación total de la soberanía de los pueblos, salvo, naturalmente, la de los propios EEUU que está garantizada por su gigantesco aparato militar. El texto dice, entre otras cosas todavía más ultrajantes y terribles, que Washington no aceptará ninguna competencia que ponga en cuestión su superioridad militar de la que el texto hace verdadero alarde.

La doctrina contenida en esa auténtica constitución mundial –definida desde un capitalismo depredador y militar- llega a poner bajo sospecha internacional a la pobreza.

Es un documento terrible que define el poder absoluto del Imperio y ordena la sumisión total de todos los países a ese poder imperial.

La Unión Europea –en la Cumbre de Salónica que se celebró cuando Bush cantaba victoria en Iraq- aprobó un documento que presentó Solana en el que repetía, punto por punto, la doctrina de la ESN de los EEUU.

Tiempo más tarde, el órgano principal de la Falsimedia imperial en España –El País- publicaba algunos fragmentos de la doctrina estratégica española. Repetía lo ya repetido. Repetía a Solana que su vez repetía a Bush: idénticos conceptos, idéntica función, el proceso que condujo a la guerra de Iraq y al genocidio de un pueblos se justificaba y repetía, se consolidaba como modelo para aplicaciones en otros escenarios: rogue states, estados frustrados, proliferación nuclear, armas de destrucción masiva, complicidad con el terrorismo internacional, etc.

La consecuencia del “Imperialismo por obediencia” es la guerra, las masacres, los genocidios. En lo que a nosotros concierte más directamente, Aznar tendría que ser juzgado por su participación y complicidad con una guerra de conquista que ha causado un millón de muertos y cuatro millones de desplazados. Aznar tendría que ser juzgado también por provocar con sus actos criminales una represalia que causo 200 muertos y cerca ce 2000 heridos en el atentado de los trenes de Madrid.

Los crímenes de Aznar están muy claros, los de Zapatero se están definiendo en estos momentos. Son situaciones paralelas a las de Bush y Obama en los Estados Unidos.

¿Algún otro ejemplo de complicidad criminal?

A. M. El más sangrante, sin duda, es el de los palestinos. La historia de un conflicto con más de 50 años, la que se dibuja con trazos muy claros a lo largo de un proceso tan largo, es indiscutible.

El conflicto es el que se deriva de la invasión progresiva, y la ocupación de un territorio que expulsa a sus moradores. Los palestinos han sido desalojados por la fuerza –guerra, matanzas, destrucción de viviendas y de cultivos, construcción de vallas, acoso continuo, impedimentos a la circulación y al desarrollo de actividades económicas, permanente y abusivo control policial, encarcelamientos-, de su propia patria y condenados a vivir en guetos cada vez más pequeños, cada vez más troceados, cada vez más insalubres, cada vez más inseguros.

Hace pocos meses, los palestinos de Gaza fueron fieramente bombardeados. Israel destruyó viviendas y equipamientos y mató a más de mil cuatrocientas personas, mutilando e hiriendo a varios miles más.

La “comunidad internacional civilizada” no reaccionó en absoluto. La otra comunidad internacional –la que no puede definirse a sí misma sin provocar amenazas y represalias, la de los países pobres- observó con terror cuál es el precio de la resistencia o de la desobediencia.

Los EEUU observaron impasibles la horrible matanza que habían autorizado y que consideraban una “necesidad estratégica”. La UE observó también la matanza -escenificando algo menos de impasibilidad-, y ayudó a Israel colaborando en el bloqueo naval de la Franja.

La preparación política y mediática del genocidio de Gaza había sido realizada previamente con la criminalización de Hamas en la que hicieron un trabajo muy eficaz el conjunto de los medios de comunicación (Falsimedia).

El gobierno español hizo dos o tres pequeños aspavientos de virtud ofendida y esperó a que las aguas volvieran a su cauce. Es decir a que los ocupantes continuasen con sus asentamientos, sus expulsiones, sus encarcelamientos, sus amenazas, sus vallados, sus asesinatos selectivos.

Los medios volvieron progresivamente al silencio que es la cortina de humo sobre un proceso en el que la brutalidad sin límites la ponen Israel y sus civilizados cómplices.

Hamás fue considerada una elección inaceptable del pueblo palestino, el fascista Netanyahu, primer ministro de Israel es reconocido como una elección democrática.

¿En que otros sentidos, España es un país imperialista?

A. M. Hay también un imperialismo subordinado pero directo, especialmente en América Latina.

Frente a América Latina, el gobierno español olvida su “representación popular” y se convierte en el representante exclusivo de las transnacionales y de los bancos que desarrollan allí sus negocios. La cuestión tendría que tener efectos internos porque nadie es consciente de que los grandes votantes de Zapatero han sido esas grandes entidades bancarias y empresas. El presidente del gobierno debería ilustrarnos sobre cuántos votos populares tienen Repsol, Endesa, Santander, Iberdrola, Fenosa, Dragados, BBVA, y otras entidades. Por otro lado el hecho de sustituir una relación entre pueblos por una relación neocolonial manejada por las grandes empresas y personalizada por el gobierno, tampoco encaja en el gran discurso democrático de los gerentes del sistema político español.

En este sentido las maniobras del gobierno –y también de Falsimedia- tienen en América latina un escenario preferente en el que los agentes aparecen con toda claridad y también brutalidad. El problema para que esa desvergonzada aparición real de los poderes económicos manipulando y utilizando a los poderes políticos, sea percibida por los ciudadanos y ciudadanas es, de nuevo, una cuestión mediática. Los grandes medios son también grandes empresas y su posición no es neutral, ni mucho menos, ante los hechos políticos.

Conviene recordar que un golpe como el del 11 de abril de 2002 en Venezuela fue apoyado por los dos partidos principales del “arco parlamentario” –el PP y el PSOE-, y por alguno de los grupos minoritarios; y que también fue apoyado por la totalidad de los medios de comunicación. El papel de El País apoyando sucesivamente el golpe mediático-militar y el lock out empresarial y sabotaje petrolero posterior, en una situación que iba a desembocar en una represión tan feroz o más que la de Pinochet en Chile, lo dice todo en relación con estas complicidades que ignora el pueblo español.

La representación más brutal de ese imperialismo de segundo grado fue realizada en Santiago de Chile, en la Cumbre Latinoamericana, con aquél ¿Porqué no te callas? con el que un zote de oficio arcaico y no reconocido más que en un puñadito de países, se dirigió al presidente democrático de Venezuela, Hugo Chávez Frías.

El pueblo español fue protegido de la vergüenza por la reacción unánime de Falsimedia que transformó la estupidez y descortesía borbónica, y la actitud imperial, hipócrita y fatua de Zapatero, en la expresión suprema y sublime del patriotismo hispano. Todavía hoy, las encuestas catalogan como el acto con el que más se identifican los españolitos de a pie a aquél espasmódico, chulesco, probablemente etílico, y totalmente maleducado, estallido borbónico.

¿Cuál es el papel de los medios de comunicación, de eso que vosotros llamáis Falsimedia?

A. M. Falsimedia es un instrumento del capitalismo en la lucha de clases.
Responde a aquél “contexto de intereses comunes” del que hablaba al principio, que está en el fondo de ese imperialismo por obediencia y complicidad.

Los EEUU realizan una política de clase dentro de un mundo regido por las normas del neoliberalismo: apertura de fronteras, libertad absoluta de inversión, eliminación de regulaciones que protegen las producciones nacionales, liberalización de las relaciones laborales, eliminación de las empresas estatales y servicios públicos, especialmente en áreas muy codiciadas como las de salud y educación. Esa política de clase, de carácter general, es reconocida y apoyada por todas las oligarquías del mundo y por sus gobiernos.

Los medios de comunicación –Falsimedia- son esenciales para camuflar los dos imperialismos, el derivado de la obediencia y la complicidad con los EEUU, y el subimperialismo de las transnacionales españolas que pretender fijar las condiciones económicas y fiscales de sus negocios en América Latina. Falsimedia es, en realidad, uno de los principales instrumentos en la guerra contra los pueblos.

Los medios de comunicación –con su unidad orgánica y funcional, y su dependencia de los grandes poderes económicos y políticos que gobiernan el planeta- constituyen un verdadero instrumento de intervención, con decenas de miles de bases distribuidas por todo el mundo, y un ejército de miles de soldados movilizable de manera casi instantánea.

No en vano, no sin razón, en América Latina, continente en rebelión contra el Imperio, se ha generalizado el concepto de “terrorismo mediático” para referirse al trabajo de Falsimedia.

Terrorismo en sentido pleno. Todas las guerras requieren de una preparación mediática tanto más intensa cuanto mayor es la ilegalidad internacional y la ilegitimidad popular de las mismas.

La guerra de Iraq necesitó de una preparación mediática intensa. La sucesión de golpes en Venezuela, también. La creación de una “opinión pública” que mire con recelo los intentos de creación de un sistema más humano, más solidario, más soberano y más comunitario, en América Latina –las revoluciones bolivarianas, la búsqueda de un socialismo de participación popular-; es el primer objetivo de Falsimedia.

Resumen:

El gobierno español –tanto los anteriores de Aznar como los dos últimos de Zapatero- asume que la obediencia a los EEUU es la única posibilidad de política internacional. El “imperialismo por obediencia” no es nada extraño dentro del un marco político caracterizado por la entrega de la soberanía. En la Unión Europea ocurre lo mismo y tampoco escandaliza a nadie. Todos saben –o suponen- que hay un contexto de intereses económicos comunes que “justifican esa obediencia”. Los políticos europeos admiten sin rubor alguno que no hay más “política exterior común” que la que define la “obediencia a los Estados Unidos”. La obediencia se ha convertido en la condición de la existencia.

Hay un instrumento para codificar y realizar esa obediencia dentro de una estructura supuestamente igualitaria e internacional. Es la OTAN, la organización político-militar permanente que crea doctrina, define conflictos, establece líneas de actuación, orienta la evolución de los aparatos militares, los métodos de coordinación, ejerce una coacción continua contra los países que no se someten a los códigos de obediencia imperial, y pone en contacto a los poderes militares de manera permanente. Es una organización fuertemente jerarquizada, a las órdenes de los EEUU.

La consecuencia del “Imperialismo por obediencia” es la guerra, las masacres, los genocidios. En lo que a nosotros concierte más directamente, Aznar tendría que ser juzgado por su participación y complicidad con una guerra de conquista que ha causado un millón de muertos y cuatro millones de desplazados. Aznar tendría que ser juzgado también por provocar con sus actos criminales una represalia que causo 200 muertos y cerca ce 2000 heridos en el atentado de los trenes de Madrid. Los crímenes de Aznar están muy claros, los de Zapatero se están definiendo en estos momentos. Son situaciones paralelas a las de Bush y Obama en los Estados Unidos.

Los EEUU realizan una política de clase dentro de un mundo regido por las normas del neoliberalismo: apertura de fronteras, libertad absoluta de inversión, eliminación de regulaciones que protegen las producciones nacionales, liberalización de las relaciones laborales, eliminación de las empresas estatales y servicios públicos, especialmente en áreas muy codiciadas como las de salud y educación. Esa política de clase, de carácter general, es reconocida y apoyada por todas las oligarquías del mundo y por sus gobiernos.

Uno de los conflictos más sangrantes es, sin duda, es el de los palestinos. Es una historia con más de 50 años, que se dibuja con trazos muy claros a lo largo de ese proceso tan largo. El conflicto es el que se deriva de la invasión progresiva, y la ocupación de un territorio que expulsa a sus moradores. Los palestinos han sido desalojados por la fuerza –guerra, matanzas, destrucción de viviendas y de cultivos, construcción de vallas, acoso continuo, impedimentos a la circulación y al desarrollo de actividades económicas, permanente y abusivo control policial, encarcelamientos-, de su propia patria y condenados a vivir en guetos cada vez más pequeños, cada vez más troceados, cada vez más insalubres, cada vez más inseguros.

Hace pocos meses, los palestinos de Gaza fueron fieramente bombardeados. Israel destruyó viviendas y equipamientos y mató a varios centenares de personas, mutilando e hiriendo a varios miles más. La “comunidad internacional civilizada” no reaccionó en absoluto. La otra comunidad internacional –la que no puede definirse a sí misma sin provocar amenazas y represalias, la de los países pobres- observó con terror cuál es el precio de la resistencia o de la desobediencia.

Los medios de comunicación –con su unidad orgánica y funcional, y su dependencia de los grandes poderes económicos y políticos que gobiernan el planeta- constituyen un verdadero instrumento de intervención, con decenas de miles de bases distribuidas por todo el mundo, y un ejército de miles de soldados movilizable de manera casi instantánea. No en vano, no sin razón, en América Latina, continente en rebelión contra el Imperio, se ha generalizado el concepto de “terrorismo mediático” para referirse al trabajo de Falsimedia.

*Antonio Maira es cofundador del diario digital “Insurgente.org” y miembro de Corriente Roja

Extraído de Corriente Roja.

~ por LaBanderaNegra en octubre 14, 2009.

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