Japón, final de trayecto

Yukio Mishima fue una coctelera donde se agitaba salvajemente lo viejo y lo nuevo en medidas desproporcionadas

Japón es tierra de contrastes. Los rascacielos informatizados se alzan, con prepotencia, a escasa distancia de humildes casitas con puertas correderas. Los ciudadanos de a pie llevan la tecnología más sofisticada en el bolsillo de la camisa, pero se descalzan a la entrada del hogar, se arrodillan encima del tatami y se comen el cuenco de arroz con palillos. En el mapa japonés cabe el tren supersónico, que atraviesa centenares de kilómetros en pocas horas, y prácticas antiquísimas como la del bonsái, consistentes en perder horas enteras en unos pocos centímetros del árbol que se pretende someter. En este paisaje, Yukio Mishima quizás fuera un fruto más extremo que atípico; no obstante, Fernando Savater lo describe así: “Mishima fue demasiado exhibicionista, estruendoso, paradójico, una mezcla explosiva de autopromoción a la europea -o, mejor, a la americana- y de reverencia truculenta por un tradicionalismo cultivado de forma nada tradicional. Vivió y murió dando la nota en un país donde no darla es el principio básico del sentido común y la decencia pública”.

Mishima fue, pues, una coctelera donde se agitaba salvajemente lo viejo y lo nuevo en medidas, tal vez, desproporcionadas. Sea como fuere, en literatura, esas antítesis son (o pueden ser) enormemente fructíferas. Si se manejan con inteligencia y talento, hacen que la vida entre en la página. A raudales. Sed de amor, a pesar de ser una novela de menor calado que El pabellón de oro o El marino que perdió la gracia del mar, es un buen ejemplar de este universo convulso. La protagonista es Etsuko, una mujer frágil, pero testaruda y escurridiza, que se casó y, lo que es peor, se enamoró de un hombre que la despreciaba. Al morir el marido de fiebre tifoidea -una muerte temida, también anhelada-, Etsuko acepta la invitación de su suegro, Yakichi Sugimoto, para irse a vivir con su familia política (su cuñado, hermano del difunto, sus cuñadas, sus sobrinos) a una casa en el campo.


Allí, el anciano Yakichi, viudo también desde hace tiempo, la convierte en su amante (no en amada: ella es un cuerpo, no una persona) con la aquiescencia silenciosa de los demás. Ella se entrega al anciano patriarca sin ningún remordimiento (él será dueño de su cuerpo, no de su persona), mientras se rinde a la juventud e inocencia de Saburo, un criado; una atracción que tampoco consigue ocultar a nadie. Al par de esa inconveniente relación con su suegro, Etsuko inicia un sutil cortejo para ganarse la simpatía y confianza del chico; un empeño obstaculizado por la autenticidad de esos sentimientos suyos (“Si no fuera por el amor, la gente se entendería perfectamente”, reflexiona) y por la presencia de una joven sirvienta, más cercana a Saburo, que sacará al demonio de los dedos de su cubil. Como es habitual en las obras de Mishima, el proceso de enamoramiento pasa de hacerse daño a sí mismo a hacérselo a los demás.

En la novela se habla de esa sed que no se sacia, del hambre que no conoce hartazgo. Sed de amor habla de la pasión, desde la pasión. Los contrastes, se dijo al principio, son la esencia de la poética cruel de este autor impar. En sus historias, en sus personajes, en su escritura, Yukio Mishima trenza en una sola cuerda los mimbres del deseo y el desprecio, el placer y el dolor, la caricia y la herida, el anhelo y el espanto, lo delicado y lo brutal. Los detalles son fundamentales: si en cierto momento Etsuko se quema un dedo mientras cocina, éste será naturalmente el dedo corazón… No se me ocurre cicerone mejor para adentrarse en la fascinante paradoja japonesa.

Yukio Mishima. Alianza Editorial. Madrid, 2008

José Abad

Extraído de Granada Hoy.

~ por LaBanderaNegra en septiembre 17, 2009.

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