Nasser el mito. La revolución egipcia

“Abdel el Nasser, por quien siempre he experimentado la mayor admiración y respeto, es un hombre joven y extraordinariamente capaz. Lancé la sugerencia de que me permitiera llevar las cosas a mi manera durante algunos años hasta que él hubiera adquirido la experiencia necesaria para sucederme, en cuyo instante —le aseguré— no tendría el menor inconveniente en cederle mi puesto. De otro modo —le dije- me vería obligado a dimitir inmediatamente, aún a riesgo de provocar una crisis, ya que no estaba dispuesto a tolerar por más tiempo las anomalías del gobierno de comité. Sería preferible que él lo dirigiera absolutamente todo, prescindiendo de mi ayuda, a que yo siguiera representando el desairado papel de que estaba controlándolo todo cuando, en realidad, no controlaba nada”.

El presidente de Egipto, general Mohamed Naguih, 53 años, había lanzado su órdago sobre la mesa del Consejo de la Revolución y contra su indudable líder, el coronel Gamal Abdel Nasser. 36 años, en la tarde del 23 de febrero de 1954, Naguib dimitió y, aunque a punto estuvo de costarle la vida, pocos días después cosechó el mayor triunfo de su breve carrera política el pueblo y el ejército forzaron su reinvestidura como presidente con todas las prerrogativas. Pero fue un triunfo pírrico: diez meses después, hace ahora medio siglo, el general Naguib, era ya un jubilado político y el verdadero hombre fuerte de la revolución, el coronel Gamal Abdel Nasser, ostentaba todos los poderes.


Nasser, aquel oficial de la sonrisa cautivadora y la carcajada escandalosa había nacido para acaparar la atención. Originario del Egipto Medio (Beni Mor, provincia de Asiut. 1918), ya a los 17 años era el líder de los estudiantes que, en 1935, salieron a las calles de El Cairo para exigir la Constitución de 1923. Con 19, ingresó en la Academia Militar, de la que fue profesor a los 25 y cuando Egipto declaró la guerra al recién creado Estado de Israel, en 1948, partió hacia Palestina al mando de un batallón.

En aquella contienda se puso de manifiesto la desastrosa situación del ejército egipcio, cuya derrota cubrió de vergüenza a los jóvenes oficiales que participaron en la campaña y fueron embolsados en Faluja como el propio Nasser—o rechazados hasta el Sinaí —como Naguib—. En la guerra de 1948 advirtieron que su adiestramiento era deficiente; sus armas, anticuadas: los suministros, anárquicos la preocupación gubernamental por la guerra, escasa; el planteamiento de la intervención, disparatado; la propia declaración de guerra, irresponsable.

El entonces coronel Naguib, que participó en la guerra como jefe del II regimiento, relataba en sus memorias que entraron en combate “con tan escasa preparación que ni siquiera hubo tiempo para llevar a cabo la movilización general. Tuve que alquilar 21 camiones a los árabes de Palestina para poder transportar a mis tropas de Rafah a Gaza y me vi obligado a dejar tras mis cañones pesados por falta de tractores para arrastrarlos, pues el terreno que debíamos atravesar era demasiado duro para poder remolcarlos con los camiones. El oficial encargado de las piezas abandonadas lloraba de vergüenza y en mis ojos también había lágrimas.

El comandante Nasser, jefe de un batallón, guardaba similar recuerdo amargo de aquella desastrosa guerra: “nuestros soldados, sin la protección de los blindados, han de lanzarse en pleno día contra sólidas fortificaciones ( .) cuando una oleada cae, otra la reemplaza. Se me encoge el corazón al ver a estos soldados combatir a pecho descubierto contra posiciones fortificadas y regresar para agazaparse como ratones a roer un poco de pan y queso”.

El golpe de los Oficiales Libres

La amargura de la derrota y el análisis de sus causas promovieron la creación clandestina de los Oficiales Libres. Bajo esa denominación conspiró a partir de 1949 un grupo de militares entre los que se encontraban los hombres que gobernarían Egipto durante más de un tercio de siglo: Sadat, Sabri, Chawki, Sadik, Amer, El Chafei, los hermanos Mohiedin y los hermanos Salem y, el alma de toda la conjura, sin duda, Nasser, convertido en esta época en un hombre serio, taciturno a veces. En 1952 tenían ya todo dispuesto para pronunciarse, derribar la monarquía del rey Faruk y proclamar la república. Pero, ¿para qué? El programa de los Oficiales Libres tenía seis puntos esenciales: Primero, lograr la independencia de Egipto, es decir, eliminar la presencia británica. Segundo, terminar con el feudalismo. Tercero, suprimir el dominio del dinero sobre el poder político. Cuarto, instaurar un régimen que impusiera y respetara la justicia social, Quinto, organizar un ejército fuerte, que no padeciera las lacras que todos conocían en sus propias carnes y que se habían manifestado cruelmente en la guerra de Palestina. Sexto, establecer una democracia real.

Para asaltar el poder consideraron conveniente que una figura militar prestigiosa se pusiera al frente de la sublevación. No les fue difícil hallar al hombre adecuado, el ya general Naguib. Según Jean Lacouture, en su biografía de Nasser: “Mohamed Naguih supo honrar la elección hecha por sus inventores. Su encantadora cordialidad, su astucia, su intuición campesina, su irrefutable egipcianidad dieron al severo régimen de julio una fachada seductora”.

El 23 de julio, los conspiradores se apoderaron del Cuartel General del Ejército y difundieron esta proclama:”…¡Oh pueblo egipcio, escucha al general Naguib que te habla! Envilecido por la corrupción, dividido por la inestabilidad, Egipto acaba de atravesar el período más negro de su historia…’. El golpe situó a Naguib al frente del Ejército. Tres días después, a las nueve de la mañana, el general entregaba a Faruk un ultimátum: “El Ejército, que representa el poder del pueblo me ha ordenado que requiera a su majestad para que abdique en favor del príncipe heredero, su alteza Ahmed Fuad, con fecha de hoy sábado 26 de julio de 1952 y a que abandone el país antes de las 18 horas…”.

Naguib se hizo cargo de la presidencia de un Gobierno revolucionario, pero quien tomaba las decisiones era Gamal Abdel Nasser, jefe del Estado Mayor y secretario del Consejo de la Revolución. Ese organismo era el auténtico centro del poder, que en enero de 1953 prohibió los partidos políticos y meses después proclamó la República. Nasser lo dirigía todo desde las sombras, pero el poder por sí mismo no le saciaba:

“…Necesitamos disciplina, pero sólo encontramos caos tras nuestras propias líneas: necesitamos unidad, pero sólo, encontramos disensiones; necesitamos acción y sólo encontramos indiferencia, desidia y derrotismo.

La cosas no funcionaban como las habían soñado los revolucionarios. Aquellos famosos seis puntos de su programa eran muy difíciles de cumplir.

La lucha por la independencia

El primero de ellos, la ansiada independencia de poderes extranjeros y la desaparición de la presencia inglesa, hacía que se les mirara en Londres, Wahington y en la OTAN con desconfianza, porque, lógicamente eran muy reticentes a integrarse en las estructuras militares en las que estaban presentes las antiguas potencias coloniales… Ése era uno de los motivos que entorpecían la negociación con Gran Bretaña acerca de la soberanía sobre el Canal de Suez. En una de las numerosas demoras sufridas por este proceso, Churchill estallaría colérico refiriéndose a Naguib: “Lo malo de los dictadores es que no dictan nada”. En efecto, el general impulsaba una política conciliadora tanto en los asuntos internacionales como en los conflictos sociales y de orden público, chocando en todos los casos con el Consejo de la Revolución, Naguib nada dictaba; eso sólo podía hacerlo Nasser.

El resto del programa de los Oficiales Libres no progresaba de mejor manera. En un país esencialmente agrícola como Egipto, los tres puntos sobre reformas sociales incidían en la reforma agraria y esa no se podía realizar sólo con leyes y decretos, precisaba no sólo de voluntad política, sino, también, una profunda revolución tecnológica, de planes de irrigación, de apertura mercados e industrias de transformación: dinero, tiempo, técnicos… Especialmente vidrioso era el punto quinto, concerniente al ejército: dos años después triunfo revolucionario, la situación de las fuerzas armadas era más lamentable que antes del golpe: no había sido reorganizado, ni armado, ni adiestrado.., peor aún, había sido sangrado,. La revolución había sacado de los cuarteles a centenares de oficiales, a los más competentes, para ponerlos al frente de ministerios y organismos políticos o policiales o de proyectos públicos. Respecto al punto sexto, se había cumplido lo que aquellos oficiales estimaban como democracia posible: la supresión de los partidos políticos, para terminar con su algarabía parlamentaria y la persecución de los Hermanos Musulmanes, para doblegar su oposición a una república laica… Pero, evidentemente, ni la clase intelectual egipcia estimaba que aquello fuese una democracia, ni el mundo occidental podía ver otra cosa que una dictadura, Nasser también lo sabía:

“Dales prematuramente lo que ustedes entienden por libertad —le dijo al embajador norteamericano Jefferson Caffery—, seria corno si ustedes arrojasen a sus niños a la calle”.

El eclipse de Naguib

Pese a que Naguib constaba la lamentable realidad del país y lo ornamental de su propia situación, sostenia que se estaban logrando avances muy positivos, como, por ejemplo, la independencia del Sudán, contra los intereses británicos de mantener aquel territorio bajo su tutela. En este asunto, creían los egipcios, que entre El Cairo y Jartum sería posible ‘la unidad —quizás la federación— dentro de la mutua independencia”. Se mostraba ufano del plan de austeridad adoptado por la revolución que en dos años había terminado con el déficit de la balanza de pagos; presumía del incremento presupuestario y de la mejora de los servicos sanitarios y educativos, de las inversiones en infraestructuras, en plantas eléctricas, en fábricas de fertilizantes, en planes de irrigación, en prospecciónes petrolíferas… En El destino de Egipto (sus reflexiones y sus memorias de aquellos años) soñaba con un país en paz, próspero y desarrollado, aunque eso tardara en llegar cuatro décadas…

El presidente suponía que la convegencia con Nasser era posible, que únicamente les separaban cuestiones tácticas: “Yo consideraba que era conveniente retardar la consecución de algunos objetivos revolucionarios para poder lograr otros. Dicho de otra manera: yo estaba convencido de que media hogaza de pan era preferible a ninguna. Abdel Nasser no tenía inconveniente en correr los mayores peligros, muchos más de los que yo consideraba inevitables, a fin de lograr la hogaza entera”. Pero las diferencias eran mucho más grandes de lo que quería pensar el general. Les separaba una generación, dieciocho años.

Les distanciaba el origen: Naguib era sudanés, Nasser del centro de Egipto. Les alejaba la ideología: Naguib, aunque había expulsado al rey Faruk, no dejaba de ser un oficial monárquico, un conservador en muchos aspectos, entre otros, el religioso; Nasser era un revolucionario con ideas socialistas. Tampoco procedían de la misma clase social: el general, de una distinguida familia de militares y altos funcionarios, el coronel, del campesinado: sus abuelos eran labradores, su padre, cartero rural. Chocaban, también, en sus ideas sobre el ejército la tradición militar era un ideal de conducta para el presidente, para el primer ministro, sólo había una pasión, Egipto y una esperanza, el panarabismo, ante eso no dudaba, incluso, en desmantelar el ejército, provocando la oposición presidencial; Abdel Hakinn Amer, la mano derecha de Nasser, declaraba: “No son tanques lo que compraremos, sino tractores; son más útiles…”.

Dominio total

Por todo eso, superada la tormenta política del final de febrero de 1954, Nasser se propuso suprimir a Naguib de la presidencia. Para ello adoptó algunas de las artes que hacían especialmente atractivo y popular al presidente: desplegó una política posibilisla tanto en asuntos internos como internacionales; cultivó los gestos simpáticos y populistas, y movió las masas con su aparato de propaganda: neutralizó con la policía política a cuantos le estorbaban; se acercó a los Hermanos Musulmanes, con una política de “palo y zanahoria, otorgándoles concesiones en el ámbito de la enseñanza de las leyes que no habían tenido en época monárquica; se volvió hacia el ejército, disipando sus recelos con la promesa de reequipamiento… En pocos meses socavó los cimientos que habían permitido la continuidad presidencial de Naguib, arrebatándole tanto el apoyo popular como el militar.

Dentro no hubo reacciones de relieve porque Nasser, el Consejo, la policía y la propaganda lo dominaban ya todo. En el exterior, tampoco, porque todos estaban al tanto de la verdadera situación. Cuenta Miles Copeland, un agente norteamericano que fue mediador confidencial entre Nasser y la Secretaría de Estado norteamericana, que el embajador norteamericano, Caffery. “visitaba, de vez en cuando, a Naguib por cortesía o para entregarle mensajes de Washington, es especial si estos tenían poca importancia: pero los verdaderos negocios entre el gobierno norteamericano y el Gobierno egipcio se discutían por medio de William Lakeland (funcionario político de la embajada) y Nasser” (El juego de las naciones’).

Nasser se hizo designar jefe de Gobierno y se apuntó un éxito en las negociaciones con Inglaterra, que su organización de prensa y propaganda convirtió en una victoria memorable: el 27 de junio de 1954 se firmó el protocolo y el 24 de octubre, el tratado anglo-egipcio, por el que Londres se comprometía a evacuar las instalaciones del Canal en el plazo de veinte meses y El Cairo aceptaba integrarse en el Mando de Oriente Medio —una de las múltiples alianzas regionales promovidas por Washington y Londres para aislar a la Unión Soviética— que, entre otras servidumbres, conllevaba la cesión egipcia de las bases militares del Canal a Gran Bretaña en el caso de que se produjera una agresión exterior contra un país árabe o Turquía”. Una vez firmado el acuerdo, Nasser terminó con la presidencia de Naguib, le reemplazó en todas sus funciones y le encerró en su casa, rodeado de alambradas y centinelas, durante algunos meses. Luego le jubiló.

Cuenta Lacouture que, tras haberse convertido en líder único, le preguntaron los periodistas:

—“¿Y ahora?

—Ahora nos queda construir el país”.

Las columnas del poder

Nasser erigió su poder sobre cuatro pilares: el militar, el político (vertebrado en el Consejo de la Revolución, los Oficiales Libres, el partido único, con estructuras muy débiles al principio, el poder sindical, sólo importante en El Cairo y Alejandría), el policial (sobre todo su policía política, la Mokharabat) y el aparato de propaganda, que controlaba la prensa, la radio, el cine los movimientos de masas en las calles. Con esos mimbres organizó una dictadura de corte nacionalista, cuya ideología aparece publicada en un opúsculo de ese mismo 1954, Filosofía de la revolución -en cuya redacción metería la cuchara el periodista favorito del régimen, Hassanein Heikal—. En ese ideario se incluían aquellos famosos seis puntos, alguno de los cuales estaba o parecía conseguidos: la independencia, el fortalecimiento militar —al que con tribuirían las armas anglo-americanas gracias a la integración egipcia en el Mando de Oriente Medio— y la democratización sui generis, que debería culminar con las elecciones presidenciales previstas para 1956. Quedaban por cumplir los proyectos de desarrollo y justicia social y uno nuevo, piedra de toque del fin revolucionario: el panarabismo.

El Egipto que trataba de movilizar Nasser con su revolución era un país de unos veinticinco millones de habitantes, que disponían de una renta percápita de apenas 100 dólares, que consumían un promedio inferior a las 2.000 calorías diarias y que en su mayoría eran campesinos sin tierra. Un pueblo agrícolamente retrasado, carente de industria y falto de recursos económicos. Nasser trató de remediar aquella situación con una revolución agraria, que dotase de tierras a los desheredados. Pero la revolución fue un fracaso, entre otras cosas porque cuando el Nilo traía mucha agua se llevaba por delante las cosechas y cuando no la traía, la recolección era pobre. Había que regular el curso del Nilo con una gran presa que debería erigirse cerca de Assuan, más al sur y mucho más grande que la levantada a comienzos de siglo por los ingleses.

Esa presa colmaría numerosos sueños: habría agua abundante para ampliar los regadíos (Egipto, país de un millón de kilómetros cuadrados de superficie, vive sobre unos 40.000; el resto es desierto) y las turbinas, movidas por la energía hidráulica del curso entero del Nilo, podrían proporcionar electricidad barata y limpia a todo el país.

Otra de las bases de la industrialización se hallaba en los recursos del Canal de Suez, que une el mar Rojo con el Mediterráneo, El canal estaba protegido por una guarnición británica y la Compañía del canal disponía del derecho de explotación hasta 1968. Nasser tenía dos proyectos al respecto: la retirada de los soldados ingleses, que debería consumarse en 1956 y, luego, cuando terminara la concesión, ampliar y modernizarlo para que proporcionase importantes divisas a Egipto.

Yo era un amigo de Occidente

Tanto para lograr los fondos que permitieran la construcción de la presa de Assuan y la modernización del canal, como para que se cumpliera el compromiso de retirada, Nasser necesitaba mantener relaciones cordiales con Washington y Londres. Pero su idilio con el Reino Unido fue breve, El sueño panarabista consistía en un mundo árabe republicano, socialista y próspero marchando unido hacia el futuro; una nación árabe que tuviera Egipto como epicentro y fuera independiente y respetada por el concierto de las naciones. Por eso recibió como una puñalada la noticia del Pacto de Bagdad (24 de febrero de 1955) entre iraquíes y turcos —cocinado por Washington y Londres— y al que se adherirían pronto británicos, pakistaníes e iraníes… Se trataba de un acuerdo de defensa, seguridad y cooperación frente a cualquier intento soviético de penetrar en Turquía o el Próximo Oriente, que prolongaba la cadena defensiva de la OTAN hasta Irán. Pero Nasser sólo veía en ese pacto una nueva injerencia extranjera en la región y un menoscabo de la importancia de Egipto en favor del Creciente Fértil. En marzo de 1955, le confesaba, indignado, a un diplomático francés:

Yo era hasta el mes pasado un amigo sincero de Occidente; pero desde ;ahora que no cuenten más conmigo.

El desafío

A continuación se inició la cadena de los desafíos nasseristas: en abril de 1955 asistió a la Conferencia de Bandung, que formuló los principios de la no alineación y de la coexistencia pacífica. En aquella conferencia, Nasser pudo lograr una tímida condena contra Israel y la aprobación de algunos principios de su panarabismo. A continuación, en mayo, Egipto reconoció a la China Popular. El secretario de Estado norteamericano, Foster Dulles, rabiaba en Washington.

En verano del mismo año solicitó armas a la URSS, puesto que Washington, Londres y París le habían negado las prometidas y el 26 de septiembre se permitía pronunciar un triunfal discurso: “Occidente nos niega los medios de defender nuestra existencia, pues bien ¡acabamos de firmar un contrato de compra de armas con Checoslovaquia!”.

Pese a esos desafíos, Washington aún creía posible recuperar a Nasser y, en diciembre, le ofreció 54 millones de dólares para comenzar a construir la presa de Assuan; Londres siguió la misma política con 16 millones y, en febrero de 1956, el Banco Mundial se mostraba dispuesto a negociar un crédito blando de 200 millones de dólares. Pese a tales concesiones, siguió la aproximación nasserista a los países del Este su apoyo al Frente de Liberación Nacional (FLN) de Argelia y sus ayudas a las fuerzas revolucionarias de Omán y a los independentistas de Adén, enfurecieron simultáneamente a Washington, París y Londres.

Ése era el marco de confrontación diplomática en vísperas de las elecciones presidenciales egipcias del 23 de junio de 1956, a las que estaban convocados siete millones de egipcios. Era la elección plebiscitaria de un único candidato: SÍ o NO a Gamal Abdel Nasser. El aparato propagandístico del candidato preparó aquellos comicios a fondo: se impidió toda propaganda contraria, se ensalzaron hasta el infinito los méritos del candidato, sus triunfos, su desafío a las viejas potencias coloniales… Y se estudió, incluso, el diseño de las papeletas. Cinco millones y medio de votantes eligieron la atractiva papeleta roja y sólo tres mil prefirieron la papeleta cruzada por una luctuosa franja negra: ganaba el Sí por un 99,9 por 100 de los votos. Nasser, que desde noviembre de 1954 detentaba todos los poderes en Egipto, se convertía en presidente electo y pasaba a ostentar las jefaturas del Estado y del Gobierno. Aquel tipo de poder absoluto fue bautizado por los expertos en Derecho Político como cesarismo técnico; para los egipcios, simplemente, Nasser pasó a ser el Rais, el jefe.

Su conversión en líder adorado e indiscutible fue inmediata: para no depender sólo del humor, el dinero y la tecnología occidentales, a comienzos de 1956 ofreció a Moscú participación en la empresa de Assuan. Como represalia, el 19 de julio, Washington y Londres retirando su apoyo al proyecto. De inmediato, Nasser se dirigió a su pueblo: “No permitiremos a ningún imperialista ni a ningún opresor imponernos su dictadura militar, política o económica. Jamás nos doblegaremos ante el dólar o ante la fuerza.. “. Los árabes y el mundo entero empezaban a conocer al líder árabe más carismático del siglo XX, que entonces sólo contaba 38 años de edad.

Pero, sobre todo, se iban a enterar de quien era Gamal Abdel Nasser el 26 de julio de 1956, cuando nacionalizó la Compañía Universal del Canal Marítimo de Suez Se iniciaba la marcha hacia la Guerra del Canal, parte de una de las crisis más graves de todo el siglo XX. En aquel momento comenzaba, también, otra etapa en la historia de la revolución de los Oficiales Libres y en la de Egipto contemporáneo e, incluso, en la del Próximo Oriente. Ésa era otra historia.

David Solar

Extraído de Islam y Al-Andalus.

~ por LaBanderaNegra en diciembre 23, 2008.

Una respuesta to “Nasser el mito. La revolución egipcia”

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